Este mundo no es el paraíso… pero podemos mejorarlo

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Reflexiona, ya va siendo hora que despiertes: ¿Qué pinto en este mundo, y porqué Dios me ha puesto en él?

Es muy complejo, o puede que para algunos más sencillo. Miles de años conducen a los grandes filósofos durante la historia. Todos y cada uno de ellos han llegado a la misma conclusión, en la que por más que quieran, no serán capaces de alcanzar la verdad. El razonamiento ha sido fuente de esta búsqueda, desde el conocido Platón, hasta otros no tanto como Nietzsche. Pero tal vez el problema sea pensar en buscar una solución a todo lo grande, y tal vez, la respuesta esté en mirar hacia lo más simple que puede haber: la individualidad de cada persona.

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Disponer de coraje, y pararse a ver las cosas más sencillas, que se encuentran en nuestro interior. Abandonar lo anticuado, esos absurdos pensamientos de que todo pasa por manos de la estructura global, de este mundo y su sociedad. Nosotros mismos disponemos del poder para conocer la Verdad. Porque ésta no es una verdad común, sino individual. Es decir, el Señor se nos presenta de manera distinta a cada uno de nosotros. Nuestro ADN, nuestro cuerpo, nuestra alma, nos hacen únicos. Por tanto, no puede ser Dios igual para todos, porque es perfecto. Él es mucho más que eso.

No envuelve solo al mundo con Su Amor, sino a cada persona que forma parte de él por separado. El mundo no lo ha creado para que exista algo que amar, sino alguien, para querer aún más. Recibimos mucho más Amor si decide ofrecérnoslo al nivel de nuestras necesidades y por separado, para que llegado el momento, entre todos podamos compartir ese amor que nos ha dado a cada uno y hacerlo aún mayor. Porque no ha creado este mundo, te ha creado a ti. Y ahora es tu turno, nuestro turno.

Este mundo no es perfecto. No es el paraíso, al que aún debemos aspirar con la fuerza más poderosa del planeta: la esperanza. Esta sociedad se hunde, y vuelve a resurgir cada cierto tiempo. Pero para continuar, hay que luchar. Dignarse a tener voluntad propia, a plantarnos y decir que sí, sí a hacer algo por nosotros mismos. Si queremos mejorar este mundo, hay que postrarse ante Dios, y pedirle que nos levante, hasta lo más alto, para llegar hasta donde queramos (y necesitemos) aspirar.

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Este papel nos pertenece. Ser catequista no es un oficio en absoluto, ni un trabajo, ni ningún otro sinónimo que se nos pueda pasar por la cabeza. Sencillamente es una idea. La que surge de nuestros pensamientos más profundos, que nos dicen que cumplamos la voluntad del Señor, la de amar y así enseñar a amar. Con nuestra labor no solo compartimos a Jesús y lo que hizo, sino lo que los demás podemos hacer. Llegar a lograr lo que realizó Cristo, que no se trate simplemente de una historia en papel, sino que traspasemos ese elemento material y le demos vida, con nuestras acciones hacia quienes están ahí, alrededor.

Pensar que transmitimos una teoría, nos pierde. No es eso. Es práctica. Porque sin ella de nada sirve la enseñanza, ya sea de contenidos o educación. Como catequista, el primer logro es que sepas cual es tu misión: se trata de Vivir, y enseñar a Vivir. Así se alcanza el deseo de amar, y que nos amen después.

Vivamos en la luz, para servir a Jesús.

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