La forma de la Misericordia

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El sueño se confunde con la realidad. Unas puertas frente a mí, dan acceso a una terraza por donde entra luz y un sentimiento de libertad. Me localizo en un salón. Es mi casa.

Y dirigiéndome a la derecha, accedo al pasillo que da a un cuarto oscuro. Mi madre duerme, sin ser consciente.

Regreso por donde vine, esta vez sin iluminación. Antes de alcanzar la cocina, visualizo el terror: una bestia que extermina la paz interior. Acechando están sus largas y finas extremidades, acabadas en garfios como los que llevan los capitanes. Gris como el recuerdo, y escamosa su piel que parece la de un enfermo. Con su ojo observando yo diría, más bien, que es el Demonio calculando.

Encima de mi ser, en el techo, y yo corrí a la cocina cerrando la puerta de cristal estrecho. Encontrando a mi hermano, me refugié con él al fondo del lugar. Agachados y esperando, vimos la sombra de la bestia, hasta que se marchó la luz, y al volver, se había ido.

Acercándome a la mesa de la misma cocina, hallé un cuadro de mi Salvador encima. Con mis padres al lado, nos fijamos en los detalles que componen la obra: unos ojos mirando de frente con confianza, rayos de esperanza saliendo de su pecho hacia afuera. Y una frase abajo, en la que expresa lo que Él quisiera, que yo dijera: “¡Jesús, confío en ti!”.

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